Durante millones de años permanecí oculta en las entrañas de una montaña del Atlas marroquí. En la oscuridad más absoluta, el silencio me acompañó mientras el tiempo, paciente, moldeaba mi interior con destellos de cristal y color. No fui tallada por mano humana, sino esculpida por la naturaleza misma, que me dio forma con la calma con que el desierto espera la lluvia.
A mi alrededor, el mundo cambiaba sin que yo lo supiera. Las caravanas cruzaban los arenales del Sahara, los vientos del desierto borraban caminos y los hombres seguían levantando sus pueblos de adobe bajo un sol inmortal. Hasta que un día, el golpe preciso de un minero me separó de la roca madre. La luz del sol entró en mí por primera vez… y comprendí que había nacido.
Me llevaron entre montañas, mercados y caminos polvorientos hasta llegar a Marrakech, donde entre especias, alfombras y risas de mercaderes, me coloqué sobre una mesa. Allí esperé mi destino, observando cómo los viajeros buscaban recuerdos de un país que huele a té con menta y a madera de cedro.
No soy una joya de artificio, sino una ventana al tiempo. En mis cavidades reluce la historia de la Tierra, el testimonio silencioso de lo que fue magma, presión y paciencia. Por eso, quien me contemple no verá solo una piedra: verá el paso de los siglos detenido en un instante.




Ahora dejo atrás el Desván del Mundo, ese refugio de historias donde los objetos descansamos soñando con un nuevo hogar. Me voy agradecida, con la ilusión de ser admirada, de compartir mi energía y mi calma con quien me reciba.
Que mi brillo te recuerde siempre que lo esencial se forma en silencio, en la oscuridad, y que toda belleza —como toda vida— necesita su tiempo para nacer.
Gracias por confiar en El Desván del Mundo.
